Son las ocho de la noche, ya casi pasan dos años desde la muerte de Mochi. No lo honré con una imagen grande de su pérdida, lo honré con una práctica que empezó la noche en que lo encontré muerto.
Salgo por la puerta, es de noche, digo su nombre en voz alta, no viene, veo una silueta en medio de la calle, mi pulsación se acelera, me acerco, sangre, quietud. Su cuerpo sigue tibio, su rostro inmóvil.
Eso fue lo único que pude escribir esa noche. Una serie corta de hechos, sin adornos, sin consuelo. Pensé que era poco, que Mochi merecía más. Después llegaron otras frases, más largas, con palabras que había aprendido leyendo, pero lo que sigue sosteniendo su vida es ese primer inventario.
No hay un adentro que lo guarde. Lo que tengo es el roce de su existencia con la mía. Él acompañaba a mi esposa en sus cosas, ahora la acompaño yo, a veces, tomando el lugar que ocupaba su cuerpo, sobre una silla, en los pies de la cama. Él se iba cuando algo no le gustaba, ahora a veces también me voy yo, me retiro sin explicar nada, como lo hacía él. Su manera de irse quedó disponible para mí.
Ese siete de diciembre se inició esta rutina. Escribir lo que veo, dejar que resuene con mis prácticas, vivir de tal forma que la vida de un gato que ya no está siga rozando la mía. No hay monumento, no hay cierre. Queda la insistencia de volver a esa escena fatal, escribir de esa forma, y elegir desde ahí cómo habitar el mundo.